
Solo sentía mi cuerpo sudoroso, el calor me hizo despojar de mi escasa ropa, sola sintiendo y deseando el roce de un cuerpo varonil.
Sentía arder mis muslos, mis manos acariciaban mis pechos hasta conseguir hacer de los pezones una erección fuerte dura y sensual, pero estaba sola, tan sola que aún la excitación aumentaba.
Buscaba con la mirada algo que apagara mi calor, necesitaba ser observada y con ese fin abrí las cortinas.
Y encendí una suave luz de color azul a mis espaldas.
Mi cuerpo con el roce de la almohada aumentaba de temperatura, necesitaba saciar mi calor.
Deseaba, ahogar mi sed, y sin dudarlo baje a la calle, semidesnuda.
Paré un taxi, podía ver como el conductor me observaba, a través de su espejo retrovisor, eso me excitaba, abrí mis piernas, dejando al descubierto el triángulo de mi tanga, e inicié unas caricias por mis piernas de forma que él las mirara.
Mis jadeos de placer, mi cuerpo ardiendo, mi sudor a sexo, mis ojos pidiéndole su cuerpo.
Notaba su excitación, sobraban las palabras.
Miró una vez más mis ojos y desvió el rumbo.
Un paraje, vacío, oscuro, sereno, la verdad, no me importaba, solo deseaba amar y ser amada, que penetrara en mí, toda la esencia de un hombre, cada milímetro de él, de su cuerpo de su pene, disfrutarlo, sentirlo y rozar el techo del coche con mis uñas.
La dificultad lo hacía más excitante, lamí cada poro de su piel, y él me recorrió con su saliva todo mi cuerpo, mis pezones reventaban del placer que se creó, gemidos, placer, placer, placer, penetración, y más placer.
Llegamos al límite, dejo escapar toda su esencia en mi cuerpo, nuestros cuerpos se entrelazaron refregando esa esencia de placer, sintiendo cada chorro, cada gota.
Regresé a casa, llena, saciada, me duché y aún sentía el placer recorrer mi cuerpo, de tal forma que me acaricié, bajo el agua, llegué al límite, y me corrí como nunca.
Deseo encontrar a mi taxista, una vez más.
Deseo. Año 2003.
Sentía arder mis muslos, mis manos acariciaban mis pechos hasta conseguir hacer de los pezones una erección fuerte dura y sensual, pero estaba sola, tan sola que aún la excitación aumentaba.
Buscaba con la mirada algo que apagara mi calor, necesitaba ser observada y con ese fin abrí las cortinas.
Y encendí una suave luz de color azul a mis espaldas.
Mi cuerpo con el roce de la almohada aumentaba de temperatura, necesitaba saciar mi calor.
Deseaba, ahogar mi sed, y sin dudarlo baje a la calle, semidesnuda.
Paré un taxi, podía ver como el conductor me observaba, a través de su espejo retrovisor, eso me excitaba, abrí mis piernas, dejando al descubierto el triángulo de mi tanga, e inicié unas caricias por mis piernas de forma que él las mirara.
Mis jadeos de placer, mi cuerpo ardiendo, mi sudor a sexo, mis ojos pidiéndole su cuerpo.
Notaba su excitación, sobraban las palabras.
Miró una vez más mis ojos y desvió el rumbo.
Un paraje, vacío, oscuro, sereno, la verdad, no me importaba, solo deseaba amar y ser amada, que penetrara en mí, toda la esencia de un hombre, cada milímetro de él, de su cuerpo de su pene, disfrutarlo, sentirlo y rozar el techo del coche con mis uñas.
La dificultad lo hacía más excitante, lamí cada poro de su piel, y él me recorrió con su saliva todo mi cuerpo, mis pezones reventaban del placer que se creó, gemidos, placer, placer, placer, penetración, y más placer.
Llegamos al límite, dejo escapar toda su esencia en mi cuerpo, nuestros cuerpos se entrelazaron refregando esa esencia de placer, sintiendo cada chorro, cada gota.
Regresé a casa, llena, saciada, me duché y aún sentía el placer recorrer mi cuerpo, de tal forma que me acaricié, bajo el agua, llegué al límite, y me corrí como nunca.
Deseo encontrar a mi taxista, una vez más.
Deseo. Año 2003.
No hay comentarios:
Publicar un comentario