domingo, 6 de junio de 2010

Para José por su cumple


Estaba frente a la orilla de aquel río y yo solo podía ver su espalda, me moría de ganas por verle la carita, que bien seguro sería muy linda.

Me las ingenié para salir de mi tienda de campaña, colocando antes mis huesos con una serie de ejercicios silenciosos que no perturbaran los pensamientos de aquel desconocido allí frente a mi, a una distancia prudencial y con su caña de pescar en la mano.

Por su indumentaría, pantalón vaquero, botas de montaña y cazadora de cuero, hubiera afirmado que tenía frío o tal vez era porque llevara allí un buen rato, mientras yo dormía y ni me enteré de su aparición, dulce aparición que me abrió de par en par la curiosidad y por más vueltas que le daba, con mi taza de café instantáneo en mis manos, no encontraba la manera de romper el hielo.

Por un lado pensaba: "me acerco por detrás y le toco el culete", pero claro, no dejaba de ser un desconocido, demasiado arriesgado, aunque mi intuición me decía que eso tenía los minutos contados para dejar de serlo.

Por otro lado pensé en carraspear o toser para que él se percatara de mi presencia pero... yo no tenía ni un triste espejo por ningún lado, tan solo había huido junto a aquel río con mi saco de dormir, mi mochila y mi tienda de campaña a pasar una noche solitaria en un bonito paraje, nada más y dormir siempre despeina, y ni me había lavado los ojos ni los dientes ni las manos, casi, estaba lo que se llama en un total apuro dado que el agua precisamente se encontraba allí, bajo los pies de aquel desconocido, justo donde él pescaba. ¿Qué hacer? esa era la pregunta del millón.
Opté por atusarme un poco el pelo, un poco de enjuague bucal y agua de mi botella para librarme al menos de mis legañas y recomponer mi ropa desaliñada, soltar la taza del café ya vacía y algo más despejada pero aún descalza, irme aproximando lentamente hasta aquel desconocido que parecía abstraído con su caña de pescar y su mirada perdida en el horizonte. No quería asustarle de modo que tosí un poco pero dio igual, el respingo que lanzó me hizo dar cuenta de que algo sí le había asustado, así que inicié una conversación pidiendo disculpas:

-Lo siento mucho, no quería asustarte (le dije contemplando sus bonitos y profundos ojos).
-No te preocupes -dijo él también observándome de arriba a abajo curiosamente- no ha sido culpa tuya…

No sé si fue el medio, la naturaleza, la frescura del agua, el trinar de los pájaros o qué pero aquello tenía todo el viso de instinto natural y básico como jamás me ocurriera antes. Dos desconocidos, como dos animalitos, solos y que se encuentran frente a frente en un área natural, macho y hembra, el aguijón de sus miradas, el timbre de sus voces a modo de código recibido y aceptado, solo quedaba expresarse en libertad, allí no existían barreras, solo aromas, el aroma del agua y de dos cuerpos que se aproximan...

El no dejaba de mirarme ni un segundo, colocó su caña en el soporte que había en el suelo, bien clavado y empezó a quitarse la cazadora. Yo me estremecí al ver sus brazos, sus hombros, su espalda, cuando se volvió para dejar la prenda sobre una silla campestre que llevaba consigo, a su lado. Era un dibujo oriental y de repente noté el endurecimiento inequívoco de mis pezones, un pequeño dolor en mi bajo vientre que se acentuaba cada vez que él me miraba. Mis manos empezaron a temblar de modo que las pegue a mi cuerpo en una especie de caricia que a él le debió excitar. Empezó a tragar saliva y a no saber tampoco qué hacer con sus manos, optando por meterlas en los bolsillos de su pantalón. Entonces no pude por menos que fijarme en su paquete, que había crecido, qué más señales necesitaba? Las respiraciones de los dos eran entre cortantes, agitadas, a mi me sobraba el jersey de modo y manera que me decidí a quitármelo dejando al descubierto mi generoso escote. Él se percató de las vistas y acercándose cada vez más me dijo:

-Bonitas vistas…
-Te gustan?
-Mucho.

Parecía tímido, pero no me importaba, lo prefería. Un tipo lanzado ya habría casi terminado de todo lo que podíamos hacer juntos, en cambio así era más lento y excitante. Coloqué mis manos en su vientre, invitándole a entregarme las suyas y como si se hubiera dado cuenta, las sacó de sus bolsillos y yo las tomé colocándolas sobre mis senos, por encima de mi escote. El me miraba como un niño asustado y yo levantaba la vista porque era un chico muy alto y pensaba en como ingeniármelas para alcanzar su boca y besarla, me lo pedía el cuerpo, me moría de ganas y más notando el calor que su tacto desprendía en mi ser…

Debió de surgir la telepatía porque antes de darme cuenta, él me tomó por la cintura pegándome bien a su cuerpo y mirándome fíjamente me acercó su boca. Empecé a mordisquear con suavidad por sus labios hasta notarlos entreabiertos, los chupaba y acariciaba con mi lengua hasta que pude colarme en el interior de su boca y pegar mis labios a los suyos. Entonces fue cuando empezó el baile desenfrenado de lenguas que nos hacía resoplar una y otra vez al compás de las manos. Cada par de manos se perdía en caricias dentro del cuerpo del otro. Yo desabrochando su bragueta, él la mía. Mis pantalones cortos cayeron primero, después los suyos. Me lancé y metí mi mano derecha por su bañador en busca de su miembro viril mientras con la otra le acariciaba el culo por fuera, un culo prieto que me ponía a cien, y lo que mi tacto palpaba delante no me dejaba mejor, estaba poniéndome muy malita y necesitada de una buena cura.

El por su parte, estaba entretenido con una mano en los pechos, los acariciaba sin cesar y con la otra y ya que mis piernas se habían abierto como una flor en primavera, me acariciaba hundiendo su mano por entre mi tanga, con una suavidad exquisita, toda mi raja, sin atreverse a más…

Por un momento abandoné el beso para mirarle a los ojos y pedirle que usara sus dedos…

-Es lo que hago (me decía sonriendo y un poco colorado).

-Dentro hay más, encanto, explóralo, haz de tus dedos unos investigadores insaciables de mi gruta , o mejor te enseño, ven conmigo.

Y es que me acordé de mi saco de dormir y lo adentré en mi pequeña casa-refugio, tirando de él, bien agarrada a su mano, sin soltarla, no fuera que se me escapara o saliera corriendo…

Cerré la cremallera de la tienda de campaña y me tumbé en el saco de dormir, boca arriba, abriendo mis piernas insinuantemente, para que él, que permanecía de pie, me contemplara bien.

Directamente empecé a mostrarle como me gustaba, acaricié mi clítoris y me metí primero un dedo y luego el otro, los metía y los sacaba despacio mientras le decía:

- Así, ves? Te toca, quiero notar tus dedos dentro de mi…

El se acercó y se acomodó a mi lado, yo aproveché para apoyar mi cabeza en su pecho y oler así mejor su excitación, semi sentados nos empezamos a acariciar el uno al otro, yo su majestuoso pene erecto y sonrosado que parecía decir “cómeme” y él a mi como le había enseñado.

El placer comenzó su danza, jadeos, más besos ahogados en jadeos y….paré para tumbarlo, le pedí que se pusiera cómodo, le ofrecí de la fuente de mi ambrosía y yo también comí de la suya, era dulce hasta en sus actos más íntimos, porque usaba su lengua en mi raja con una precaución exquisita, lametones y juego suave que me encendía más y más, en contraste con mi voracidad.
Su juego conjunto de boca y dedos despertó mi apetito por notarlo dentro y me serví, me senté sobre él resbalando mi sexo mojado dentro de su falo baboseado por mi, en un sube y baja que le ponía la mirada en blanco, era el placer que lo inundaba. Acercó sus manos a mis senos y los acarició despacio, como en una lentitud sin fin que me provocaba una excitación extra, ufffff y así estuvimos un ratito hasta que me coloqué como una perrita a cuatro patas y él entendió mi juego. Yo me abría con mis propias manos, notando las suyas acariciándome los cachetes mientras su verga entraba una y otra vez y sus testículos golpeaban mi pubis, mmmmm, el orgasmo llegó al unísono y la tienda de campaña se llenó de gritos de placer. En instantes y cansados volvimos a quedarnos un rato más dormidos dentro de aquel refugio improvisado, pequeño reducto, islote de pasión convertido en puente y principio de una bonita y campestre amistad.

FIN

María Silvia Cano. Año 2010.

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