jueves, 13 de mayo de 2010

Una cima llamada deseo



Nunca imaginé en lo que se iba a convertir aquella expedición.

Éramos dos desconocidos, que por un casual, nos tocó compartir la misma tienda de acampada, después de haber subido toda aquella loma empinada, y ver el anochecer justo en frente.

Sacamos las fiambreras, cenamos y contemplamos la belleza de la Luna, con todo su esplendor, charlamos todo el grupo, pero estábamos exhaustos y queríamos levantarnos al alba para continuar la excursión, a pesar de estar ya en la cima.

Nos enfundamos cada uno en su saco de dormir, sin mirarnos, la verdad eras una extraña, pero a pesar de la ropa, se podían imaginar tus abultados y firmes pechos, y con la luz de la linterna, aún expandía más allá mi imaginación, reflejaba el contorno de tu cuerpo, relajado, sereno diciéndome sin voz que estabas allí.

Creo que me dormí, a pesar de que con mi erección me costó hacerlo, pero el frío de la noche y más en la cima, fue el culpable de que un cuerpo buscara en la proximidad el calor del otro.

Noté como temblabas, intenté darte calor con mis manos, masajeandote el cuerpo vestido, pero notaba tu piel bajo la ropa, sentía como te estremecías, y en sueños se aceleraba tu respiración.

Me excité, más de lo que nunca me había excitado nunca, tenía miedo a que notaras mi pene como abultaba bajo mi saco, pero no podía parar de acariciarte.

Tu respiración se fue convirtiendo en gemidos, oírlos me hacía desearte más, si es que era posible.

Dejé que mi mano se introdujera bajo tu ropa, desabrochándola con el más mínimo cuidado, ... Que eso no te despertara, por temor, por vergüenza.

La dejé deslizar por unos pechos firmes como rocas, mientras tú disfrutabas con ello, gemías, te agitabas, dejé que mis impulsos continuaran ... Mi excitación era muy elevada como para ponerle fin. Bajé hasta hacerme un hueco por tu bello y continué descendiendo, más y más, hasta que me diste paso para introducir mis dedos en el interior de lo más húmedo que habían tocado nunca, mientras te miraba.

Estabas preciosa, con esa cara de deseo y placer, gimiendo en sueños, yo estaba muy excitado, mi pene claramente reclamaba un desahogo.

No dejé de mirar tu cara, tus expresiones, hasta que abriste los ojos, me miraste y se desencadenó el placer más grande de mi vida.

Me abrazaste en silencio ... Desnudándome con la boca, no sentía frío, solo ardor, deseo, pasión ... Un cúmulo de sensaciones que jamás sentí en una cama.

Noté, como te inclinabas sobre mí, sentada con cada rodilla por un lado de mi cintura.

Galopamos sin cesar aquella noche, eras insaciable, eras perfecta, cada curva de tu cuerpo era perfecta, cada sonido de tu garganta, me excitaba más y más, hasta el punto de pedirte que dejaras de moverte, estaba apunto de correrme.

Paraste, y me miraste ... Una sonrisa iluminó tu cara sudorosa, brillante, bajaste de la posición y te inclinaste hacia mi pene.

Lo introdujiste tan adentro de tu boca, que llegué a pensar que te lo tragabas, la sensación era extraña, jugueteabas con tu lengua, en mi glande, de tal forma que quería que pararás, pero no podía dejar que lo hicieras, te rogaba que continuarás.

Miraste hacia mis ojos y me pediste ....... Sin palabras que me lo hiciera ...

No pude más, tus ojos hablaban solos, dejé que mi semen cayera por tu boca, como una cascada, disfruté viéndote chuparlo, disfruté mirando como lo hacías.

Nos abrazamos y dormimos.

Deseo. Año 2003.

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