lunes, 3 de mayo de 2010

Un lunes cualquiera



Espero os guste:

Un lunes cualquiera, de madrugada, solo, herido, cansado y frustrado tomándome mi copa de Brugal con hielo, coca y un poquito de limón exprimido. Repasando mentalmente la insulsa semana que me esperaba, apareció de repente a mi lado, llamaba la atención.

Sus botas la hacían más alta de lo que aparentaba, su minifalda se ajustaba perfectamente a una cintura prohibitiva, no sin dejar de acariciar ese culo preciosamente dibujado. Un top mínimamente decorado de un color azul oscuro me permitía imaginar lo maravilloso que sería besarla desde el ombligo hasta su cuello no sin antes entretenerme jugando un poco con sus pechos. Su suave melena morena chocaba con la intensidad de sus ojos azules, ojos azules… que parecían mirarme.

El alcohol hace ver cosas que no son, así que seguí divagando en mis pensamientos echando de vez en cuando miradas furtivas a ese canalillo formado por unos pechos que prometían una noche muy cálida. Aturdido terminé la copa y cambié de antro (nunca me ha gustado tomar más de dos en el mismo) con la nula esperanza de volver a verla. Al cabo de media hora la ví otra vez, empecé a ponerme nervioso y sin saber cómo le dije un discreto hola al que me respondió tímidamente. Sin darnos cuenta ya estábamos hablando mientras su ombligo sonreía amenazante.

Volvimos a cambiar de antro, no sin antes haber roto mi costumbre de sólo tomarme una copa. Para cuando quisimos darnos cuenta eran las cuatro de la mañana y sin ningún sitio a donde ir. Nuestras risas precedían a nuestro nerviosismo sólo equiparable al deseo que ardía cual llama bien alimentada. Dio ella el primer paso en forma de un beso ardiente a la vez que tímido, su lengua jugaba con mis labios de forma perfectamente estudiada, mientras sus efectos se dejaban notar sin pudor en mi pene. Empecé a acariciarle el culo que me insinuaba que su dureza era el esfuerzo de muchas horas de gimnasio. Sus pechos, igual de duros, se apretaban fuertemente aumentando mi deseo y erección. Un tímido, ¿vamos a mi casa? salió mientras su lengua luchaba abiertamente con la mía.

Sólo recuerdo que empecé a desnudarla en el ascensor, quitándole primero una blusa primaveral, seguido de ese top que me había hecho soñar. Le mordí la oreja lamiéndosela suavemente sin dejar de desnudarla. Empezó a acariciarme el pene mientras su lengua acariciaba sin perdón mi cuello.

La siguiente escena que asoma arbitrariamente por mi cabeza fue en su habitación, sólo le quedaba un sujetador blanco de finos encajes, que me enseñaba parcialmente la belleza de sus pechos con unos pezones anhelantes de placer. A conjunto llevaba un tanguita especialmente diseñado para su duro culo, sueño impuro de las pajas tempranas de los adolescentes imberbes. Ella tampoco había perdido el tiempo, mi fugaz camiseta ya sólo era un recuerdo para mí. Me besaba los pezones como si en ello le fuera la vida, cosa que sólo hacía propagar mi deseo. Mis pantalones, eran un elemento decorativo más de su cuarto, mientras mis calzoncillos se resistían al impulso del deseo.

Le quité el sujetador con una maestría inusual en mí, lo que hizo que acto seguido descendiera suavemente de la oreja al cuello, relajándome entres sus pechos y sin parar de acariciarle su culo que dejó paso al más prohibido de los placeres. Empecé a masturbarla, quitando perspicazmente ese tanguita que tanto placer visual me había otorgado. Suavemente, le acaricié esa fuente de placer inagotable que era su sexo, con todo y sin dejar de besarle los pechos, hábilmente me arrancó los calzoncillos y me masturbó con suavidad, consiguiendo que mi polla alcanzara un estado digno de erección. En el frenesí masturbatorio sin darnos cuenta empezamos a lamer nuestros respectivos sexos, un río caliente recorrió mis labios y sin más dilación, la penetré. Como explicar su calidez, el roce de mi piel con la suya, sus labios recibiendo mi erección. La follé como en la vida me había imaginado practicar el sexo con nadie, nuestros besos y caricias eran sinónimos del placer que nos inundaba. El alcohol era mi aliado evitando que me corriese dentro de ella. Tuvo unos cuantos orgasmos antes de que yo alcanzara el clímax completo. La avisé y salí de su cueva profanada por mí e inmediatamente empezó a chupármela sin dejar de masturbarme, tardé un suspiro en correrme en su experta boca y, sin dejar de besarme consiguió para mí, el orgasmo más profundo y difícil de olvidar de mi vida. Me introdujo su lengua en mi boca diluyéndose todavía mi semen por sus labios, eso lejos de asquearme, propició que me pusiera más cachondo que al inicio de todo, pero eso queridos amigos/as es otra historia.

Vicenskeogh, 2003.

No hay comentarios:

Entradas más populares del blog